La Navidad de los 90

El mundo que nos rodea va deprisa e intentamos seguirle el ritmo como podemos, a zancadas torpes y, muchas veces, sin saber a dónde nos dirigen. Una noche nos acostamos con el verano en la ventana y, a la mañana siguiente, la decoración navideña inunda las calles.

Caminamos rápido, nos cansamos rápido, nos queremos rápido. Vivimos rápido.

Formamos parte de una generación que utilizó su primer móvil cuando éstos eran sólo un pisapapeles que mandaban SMS, que grababa canciones de la radio para hacer lo que años después podríamos hacer con Spotify en un sólo click.
Todo cuanto nos pasaba era especial porque era nuevo, y si no existía lo inventábamos. Una generación que esperaba con ansia a que llegasen las vacaciones de Navidad para disfrutar del ambiente y de nuestros seres queridos, y que se quedaba pasmada viendo la televisión cuando salían esos anuncios que incluso hoy en día recordamos.

Hoy echamos la vista atrás y nos preguntamos: “¿qué queda de aquellas niñas y de lo que sentían cuando llegaba la Navidad?”, “¿algún día sentiremos la misma emoción que aquella Nochebuena en la que nos pareció ver volar a Papá Noel?”.

Somos conscientes de que los tiempos cambian, nosotras también lo hemos hecho, pero por un día queríamos volver a ser unas niñas de los 90 recordando nuestros spots favoritos:

A finales de los 80 comenzó a sonar en los televisores españoles una canción que en su momento, siendo pequeñas, cantábamos sin que significase nada para nosotras pero que hoy, a km de distancia de nuestras familias, toma más sentido que nunca.

Y es que nosotras (como El Almendro) también volvemos a casa por Navidad.


Años después alguien llegó a la familia para robarnos el corazón. Cómo olvidarnos de aquel entrañable calvo (que ahora sabemos se llamaba Clive Arrindell) que soplaba polvos mágicos y que llevaba dinero y felicidad a las casas. Se despedía diciéndonos “que la suerte te acompañe” y aún le echamos de menos. Ojalá volviese como el turrón.


Pocas cosas se nos antojaron más que las Lelli Kelly, aquellas dichosas zapatillas que brillaban como una bola de discoteca, ¿pero quién podía resistirse a cantar esa canción tan pegadiza? Cada Navidad les pedimos a los Reyes Magos y, cada Navidad, nos ignoraron (y menos mal, porque mirándolas con perspectiva no podían ser más feas).

En 1997 y, como no podía ser en otro sitio, Papá Noel y los Reyes Magos se encuentran en un bar. No es el inicio de un chiste, pero sí la primera vez que los vimos de verdad, como unos señores que beben café con leche y que no siempre están volando de aquí para allá.

 

Pero la locura llegó con Airtel en 1999, año en el que todos nos olvidamos de nuestros nombres y pasamos a llamarnos Edu. ¿Que nos llamaba nuestra abuela? Respondíamos con un “hola, soy Edu, feliz Navidad”. ¿Que nos llamaban a comer? Más de lo mismo.

 

Las Navidades seguirán empezado cada año más temprano, y seguiremos corriendo de un lado a otro. Pero esperamos que los niños de hoy en día se paren a mirar la Navidad como miraba el árbol la niña del anuncio de Iberdrola.

 

Ah, y feliz Navidad. Siempre.